Libros para leer junto al fuego en invierno y a la sombra de un árbol en verano

jueves, 27 de diciembre de 2018

FAHRENHEIT 451 de Ray Bradbury

El tema de este libro pone los pelos de punta, pero no es una historia de terror, aunque si produce miedo que el autor lo escribiese en 1953 y que algunas de las situaciones que narra hayan sido casi como una profecía. Y es que en esta distopía la gente tiene pantallas enormes de televisión en las paredes de sus casas, llegando a estar absorbidos por lo que emiten. Los vehículos circulan a gran velocidad porque así ni pueden contemplar el paisaje ni centrarse en otra cosa que no sea conducir, y los multan si van despacio. Pero aún van a más en este mundo, construyendo las viviendas sin porches para que las personas no puedan sentarse a charlar. Los niños van a la escuela 9 de cada 10 días, y el que están en casa, los padres, los ponen a ver la tele. La comparación que se hace en el propio texto sobre los niños: “es como lavar ropa, que metes la colada y cierras la tapa”.
Pero el culmen de esta sociedad es que no se puede pensar, por eso se queman los libros. De ahí el título “Fahrenheit 451” que se refiere a la temperatura a la que el papel de los libros se inflama y arde. Siendo los bomberos los responsables de esa tarea, no apagan fuegos, los producen, porque ellos son como los guardianes de la felicidad. En un planeta donde los gobernantes no quieren que la gente piense, donde no tenía que haber intelectuales sino seres no pensantes porque, según ellos, esa es la felicidad.
El personaje principal es Montag, un bombero que hace mecánicamente su trabajo, pero parece que tiene inquietudes. Su encuentro con una joven de 17 años, Clarisse, con quien saltándose las normas entabla alguna conversación, y ella le deja en el aire algunas cuestiones, cómo si es feliz, abriéndole los ojos a este hombre, quien iniciará una lucha interior que le llevará a un gran cambio en su vida.
Del resto de personajes me quedo con los intelectuales huidos que viven por el campo y que tienen en su cabeza los libros leídos y los transmiten oralmente. Aunque los demás, la mujer de Montag, el profesor Faber, el jefe de bomberos Beatty, el sabueso mecánico, la mujer que defiende su propia biblioteca, todos tienen un papel bien definido y clave para entender lo que quiere transmitir el autor en su relato. Es su particular denuncia encubierta sobre temas que le preocupaban, recordemos que era la época del macartismo, y unos años antes había terminado la Segunda Guerra Mundial, la bomba atómica, la quema de libros por los nazis.
A pesar de la brevedad de la novela consiguió que los temas tuvieran la profundidad necesaria para llevar al lector a la reflexión. Por ejemplo explica desde dos puntos de vista diferentes de dos personajes opuestos, por un lado las razones de porqué se prohíben los libros y por otro porqué es positiva la lectura. Pero, sobre todo, te deja pensando que los años pasan y la humanidad no evoluciona en algunos aspectos.

Algunas frases del libro:

Nadie tiene tiempo para nadie.”

Un libro es un arma cargada.”

Tiene que haber algo en los libros, cosas que no podemos imaginar para hacer que una mujer permanezca en una casa que arde. Ahí tiene que haber algo. Uno no se sacrifica por nada.”

¿Cuántas veces puede hundirse un hombre y seguir vivo?.”

Contraportada o parte de la misma:
Ofrece la historia de un sombrío y horroroso futuro. Montag, el protagonista, pertenece a una extraña brigada de bomberos cuya misión, paradójicamente, no es la de sofocar incendios sino la de provocarlos para quemar libros. Porque en el país de Montag está terminantemente prohibido leer. Porque leer obliga a pensar, y en el país de Montag está prohibido pensar. Porque leer impide ser ingenuamente feliz, y en el país de Montag hay que ser feliz a la fuerza...

Traducción Alfredo Crespo

Fotografía de la portada: Cover


viernes, 21 de diciembre de 2018

EL TIEMPO QUE NOS UNE de Alejandro Palomas


Los personajes, las conversaciones entre ellos, la montaña rusa de emociones que transmite la lectura de este libro es claramente marca de la casa, la señal inequívoca de que está escrito por Alejandro Palomas. Su estilo narrativo con cierto tono poético. La delicadeza con que dosifica sentimientos, de la alegría a la tristeza, para regresar entre llantos a la risa, dejando espacio para que el lector asuma tanto dolor, tanta alegría, y tanta intensidad de emociones. Es lo mejor de estas historias. Las que me encontré en “Una madre”, “Un perro” y “Un amor” con Amalia y su familia. O también con el inolvidable Guille de “Un hijo”. Por eso mismo, saber que “El tiempo que nos une” fue escrito anteriormente aún ha hecho más bonita la lectura, pues creo que el propio poso que le dejaron al autor los personajes de este libro ha generado los también maravillosos personajes posteriores.
En la edición que he leído, el propio escritor, explica en el prólogo cómo esta novela ha ido creciendo. Como las diferentes partes compusieron una única obra. La cual creo que podría continuar, y si fuera así, sería genial. Porque las mujeres protagonistas, que con sus voces en primera persona, cuentan de manera muy natural, con sinceridad, sin medias tintas, las pérdidas, las ausencias, las idas y los regresos. Lo que pasa en sus vidas y como lo que les sucede a cualquiera de ellas afecta a las demás. También ha llegado a mi corazón, y tanto cariño apetece seguir compartiéndolo.
Mencía, con sus más de 90 años y unos ojos que dicen mucho, ya no tiene vergüenza y suelta las cosas tal y como le vienen a la cabeza, le da igual como suenen “habla como siente”. Me ha parecido memorable la carta final que, para mi, compensa la balanza entre las emociones y ternura que desprende en esas frases y su comportamiento estrambótico.
Luego están sus hijas Lía y Flavia, la primera siempre es cariñosa y comprensiva, la segunda deja al principio la impresión de que es un poco borde (aunque os digo que en este caso la primera impresión no sirve).
Completando el quinteto de mujeres, las nietas, Bea, que es pura amabilidad, e Inés, quien dice las cosas a contra golpe, como su abuela.
Pero con ellas no queda cerrada esta familia, porque también tienen su parte esencial Helena, Tristán, Jorge e Irene.
Conformando todos ellos una familia a la que la vida les ha dado momentos buenos y malos, situaciones que dejan huella, que les han alejado o les han acercado, mientras una isla y un faro les guía.
Me gusta como escribe Alejandro Palomas. Por su manera de transmitir emociones. Porque las conversaciones recogen verdades sinceras. Porque dice tanto con pocas palabras y con frases finales que sientan sentencia (de la buena). Y además, porque sus personajes resultan muy creíbles, naturales, porque son como la vida misma.

Algunas frases del libro:

Para ser vieja hay que haber aprendido a morderse la lengua con cariño. A cerrar la boca a tiempo. Y a rondar la locura para que las verdades sean excusables.”

Sólo una madre de un hijo ausente lo sabe: la combinación trenzada de duelo, ausencia e imaginación crea monstruos.”

Si encontrara a alguien que me hiciera reír como lo logra Mencía, recuperaría la fe en muchas cosas.”

De repente me doy cuenta de que los ojos de la abuela encierran cosas que quiero saber, ocres y marrones de una vida parida desde atrás, también pena y cansancio. En sus ojos de invierno llora la mañana desde fuera, desde el cielo cubierto de negro, y llora también la mujer desde dentro, resistiendo todavía, anclándose en lo que sabe imaginar, invocar. Llora Mencía como una niña muda, en silencio, tragándose la pena contra la tormenta.
Pero en sus labios me tropiezo con una sonrisa. Todavía queda algo de luz en esos noventa y dos años.”

Qué extraña es la vida a veces. Y qué hermosa.”

Contraportada o parte de la misma:
La abuela Mencía convalece junto a su nieta, Bea, que no quiere contar lo que de verdad le duele. Éste es el inicio de “El tiempo que nos une”, una novela coral de voces femeninas, una saga de mujeres con corazones tan grandes que son capaces de albergar desde el amor más profundo hasta el mayor de los sufrimientos. Entre las cinco protagonistas de la historia, los lazos familiares se entretejen hasta formar una red que a veces atrapa, otras abraza y que, sobre todo, protege. Mencía, la matriarca sabia y deslenguada; Lía, que siempre se queda; Flavia, que vive en la ausencia; Inés, madre que sufre y amante que lamenta; y Bea, la más joven, son personajes inolvidables que callan secretos pero gritan verdades, y que sienten y ríen y lloran.

Ilustración de la cubierta: archivo personal del autor.

Otros libros de este autor reseñados en este blog: “Una madre” (enlace aquí), “Un perro” (enlace aquí), “Un amor” (enlace aquí) y “Un hijo” (enlace aquí)


martes, 4 de diciembre de 2018

EL OLVIDO QUE SEREMOS de Héctor Abad Faciolince


La intención de Héctor Abad Faciolince al escribir este libro fue hacer un homenaje a la memoria de su padre, Héctor Abad Gómez, un médico y catedrático universitario, que también trabajó en la OMS, que dedicó su vida a los demás para que tuvieran una vida mejor. Y que fue asesinado en Medellín el 25 de agosto de 1987.
Tuvieron que pasar 20 años para que Héctor (hijo) tuviera fuerza para recuperar sus recuerdos y, como parte de su duelo, compartirlos en esta mezcla de novela, ensayo y biografía, en donde por un lado muestra el profundo amor hacia su padre, y por otro hace un acercamiento a la realidad colombiana, tanto social como política, de la segunda mitad del siglo XX.
A su vez intenta que tengamos empatía con algunos de sus sentimientos, para que así el olvido tarde más en llegar. Lo mismo que aquel fatídico día no se rompió la cadena familiar, los asesinos no pudieron exterminarlos, y recuerda algo que aprendió de su papá: “a poner en palabras la verdad para que ésta dure más que su mentira.”
Tanto el título como la portada tienen su significado especial. El primero porque es un verso de un soneto atribuido a Borges, y que su padre llevaba escrito en un papel en el bolsillo cuando lo mataron. Y la segunda porque la niña de la fotografía es su hermana Marta, y lo que le pasó marcó un antes y un después en la vida de esta familia.
Empieza contando que en su casa vivían diez mujeres, un niño y un señor. Las mujeres eran: Tatá, niñera de su abuela, de casi 100 años, dos muchachas de servicio, cinco hermanas, su mamá y una monja. Luego estaba él y su papá. Así que narra su experiencia de ser prácticamente el único varón, y así dice que “si ya tener una madre es difícil, ni les cuento lo que es tener 6.”
Es llamativo el contraste entre la familia de su madre, relacionada con la iglesia, y la de su padre, liberales. Pero es bonito ver como se complementaban. Él agnóstico, ella mística, él odiaba el dinero, ella odiaba la pobreza. Pero se quieren tal y como son, con virtudes y defectos.
Son muchas las historias y las anécdotas familiares que narra, y al ser algunas de cuando era niño producen ternura y sacan sonrisas. Otras reflejan tristeza. Y cuando son temas más serios utiliza un lenguaje que no produce dolor, aunque se note de fondo, pues la realidad del país era dura.
En todo el texto prevalece el amor hacia su padre, ese ser humano que siempre le daba buenos consejos y reflexiones, que lo educaba sin normas y con mucho sentido común. Y es que este hombre, Héctor Abad Gómez, era una persona excepcional, bondadosa, dadivosa, se preocupaba de los demás y se esforzaba por mejorar la calidad de vida de sus vecinos. Era médico pero no le gustaba ejercer como tal, sino dedicarse a la medicina preventiva y social, quería conseguir agua potable para todos, vacunación universal, y siempre defendía los derechos humanos. Tenía compromiso social y sueños de justicia. Él dijo: Una sociedad humana que aspira a ser justa tiene que suministrar las mismas oportunidades de ambiente físico, cultural y social a todos sus componentes. Si no lo hace, estará creando desigualdades artificiales. Son muy distintos los ambientes físicos, culturales y sociales en que nacen, por ejemplo, los niños de los ricos y los niños de los pobres en Colombia. Los primeros nacen en casas limpias, con buenos servicios, con biblioteca, con recreación y música. Los segundos nacen en tugurios, o en casas sin servicios higiénicos, en barrios sin juegos ni escuelas, ni servicios médicos. Los unos van a lujosos consultorios particulares, los otros a hacinados centros de salud. Los primeros a escuelas excelentes. Los segundos a escuelas miserables. ¿Se les está dando así, entonces, las mismas oportunidades? Todo lo contrario. Desde el momento de nacer se los está situando en condiciones desiguales e injustas”.
Así mismo se declaró “cristiano en religión, marxista en economía y liberal en política.” Sus denuncias y su lucha contra la desigualdad eran porque quería un mundo mejor.
A cambio recibió críticas y le clasificaron de marxista por parte de los sectores ricos y de la iglesia. Tuvo que marcharse por temporadas al extranjero. Pero siempre volvía para continuar con su trabajo. Todo esto sucedió en Colombia a mediados y en la segunda mitad del siglo XX. Vivió en directo la crisis de la universidad, y como con el cambio político el Estado se fue de un extremo a otro. Los años 80 con los paramilitares y la violencia contra opositores políticos de izquierdas y contra personas liberales, porque querían salvar al país del comunismo, con su plan de “anular cerebros”, un poco (como se recuerda en este libro) lo que dijo Millán Astray de “viva la muerte, abajo la inteligencia”. Convirtiéndose en los primeros años de 1990 en el país más violento del mundo, por el conflicto armado entre diferentes grupos políticos, mafiosos, narcos y delincuencia.
El propio doctor Abad decía que la violencia estaba provocada por la desigualdad. Ante la pobreza si ofrecían dinero por ser sicario, la respuesta de algunos era clara. Así fue como no fue el hambre, ni las enfermedades, sino que quien más muertes produjo fueron otros seres humanos.
Lo esencial de este libro, aparte del grandísimo amor de un hijo a un padre, es que es un testimonio real de lo que sucedió en la historia, no tan lejana, del mundo en que vivimos.
Como complemento del libro recomiendo el documental “Carta a una sombra” de Daniela Abad y Miguel Salazar (enlace aquí). Ella es hija de Héctor Abad Faciolince y nieta de Héctor Abad Gómez. Quien tenía un año cuando asesinaron a su abuelo. Y esta también ha sido su contribución para conservar su memoria.

Algunas frases del libro:
Es una de las paradojas más tristes de mi vida: casi todo lo que he escrito lo he escrito para alguien que no puede leerme, y este mismo libro no es otra cosa que la carta a una sombra.”

No es que uno nazca bueno, sino que si alguien tolera y dirige nuestra innata mezquindad, es posible conducirla por cauces que no sean dañinos, o incluso cambiarle el sentido.”

Lo peor en la vida es no ser lo que uno es.”

Creo que hay episodios de nuestra vida privada que son determinantes para las decisiones que tomamos en nuestra vida pública.”

El exceso de noticias deportivas era el nuevo opio del pueblo, lo que lo mantenía adormecido, sin nociones de lo que de verdad ocurría en la realidad.”

Contraportada o parte de la misma:
El médico Héctor Abad Gómez dedicó sus últimos años, hasta el mismo día en que cayó asesinado en pleno centro de Medellín, a la defensa de la igualdad social y los derechos humanos. “El olvido que seremos” es la reconstrucción amorosa y paciente de un personaje; está lleno de sonrisas y canta el placer de vivir, pero muestra también la tristeza y la rabia que provoca la muerte de un ser excepcional.

Ilustración de la portada: Marta Cecilia Abad. Archivo privado